BRUNI

traducción renacimiento 18 de abril del 2008

BRUNI
LEONARDO BRUNI ARETINO (1374-1444), escritor, político, filólogo,
filósofo, historiador, profesor de retórica, traductor, es considerado
the most talented and versatile of the young men belonged to
Coluccio Salutati’s circle in the years around 1400. […] And,
one of the first of Petrarch’s followers to possess a real
knowledge of Greek, he helped to turn the humanist movement
toward that interest in Hellenism which was to have such
important effects on the evolution of European thought (Seigel
1968: 99).
El texto de Bruni De recta interpretatione, fechado entre los años de
1420 a 1426, fue añadido a su traducción de la Etica nicomachea (1416-18) a
consecuencia de los problemas suscitados por su traducción de Aristóteles en
confrontación con una antigua traducción existente. Este famoso texto es
considerado el primer tratado moderno en presentar de forma independiente
reflexiones sobre la tarea de traducir, en especial sobre la traducción literaria.
Anteriores a la de Bruni, son conocidas las reflexiones traductológicas de san
Jerónimo (ca. 331 – ca. 420), Rogerio Bacon (ca. 1214-1294), y Juan de
Trevisa (ca. 1326 – ca. 1402), entre otros, pero el autor florentino es ya fruto de
otro tiempo y su concepción de traducción refleja e introduce una nueva fase en
el pensamiento y práctica de esta, y funda la moderna traductología. Folena
sitúa el tratado de Leonardo Bruni, “il piú meditato e penetrante di tutto
l’umanesimo europeo” (1991: 60), en el punto de inflexión entre la historia
medieval y moderna de la traducción y de su teorización. Norton lo define
como un intento “to systematize the points of contingency between rhetoric and
philological translation” (1981: 185). Con él se inicia la historia de los
manuales de traducción. No en vano, en su ensayo se documenta por primera
vez la palabra traduco:
Dico igitur omnem interpretationis vim in eo consistere, ut
quod in altera lingua scriptum sit, id in alteram recte
traducatur (Bruni 1928: 83).
Afirmo, pues, que el hecho de traducir consiste simplemente en
trasladar correctamente a una lengua lo que ha sido escrito en
otra (trad. de Alicia Cortés, en Bruni 1996: 81).
El pensamiento de Bruni es la concreción de un desarrollo en la
concepción del modo de traducir que había empezado al menos un siglo antes y
que de alguna manera tiene su origen ya en los romanos. Es posible reconocer
en el texto bruniano las opiniones de Cicerón sobre traducción, como lo ha
hecho Pérez González resumiéndolas en los siguientes puntos:
a) el latín es tan apto como el griego para expresar las ideas
filosóficas; b) el léxico latino (lo mismo que la lengua latina)
debe emplearse en vez del griego tanto como sea posible; c) las
obras artísticamente escritas en griego pueden trasladarse al
latín de forma igualmente artística; y d) no debe traducirse
palabra por palabra (1999: 60).
Bruni también retoma algunos pensamientos de San Jerónimo y refleja
incluso ciertos aspectos de la estética horaciana, amén de insistir en tres
requisitos para una buena traducción anteriormente expuestos por Rogerio
Bacon: el conocimiento de la lengua de partida, de la lengua de llegada y de la
materia involucradas en la traducción. Pero más que un simple retomar de
alguna concepción antigua, las ideas de Bruni respecto a la traducción – se
puede generalizar de cierta forma –, son las ideas que el Humanismo va
desarrollando y ejercitando en este campo. Coluccio Salutati (1331-1406),
escribiendo a Fra Giovanni Dominici (1357-1419), presenta
en embrión un completo programa de renovación gramatical:
evitar los barbarismos (las palabras no clásicas), solecismos
(errores sintácticos), acuñaciones lexicales injustificables, y
palabras con significados ilícitos y colocadas ilícitamente
(Percival 1999: 371).
Estos puntos coinciden con los que Bruni tratará de rechazar en su tratado sobre
traducción. Sin embargo, amén de los elementos lingüísticos – que son
significativos – sobre los cuales el autor florentino hace hincapié, se reconoce
su insistencia sobre los aspectos retóricos de una traducción. Y es aquí donde
se encuentra ciertamente el mayor valor de la teorización bruniana y la base de
la fundación de la moderna traducción literaria. Hay en el tratado una exigencia
de la reproducción del arte literaria para la correcta traducción, lo que es
posible vía el uso de los recursos que ofrecen la retórica y la oratoria, amén del
conocimiento lingüístico y filológico de ambas lenguas. Este uso de la retórica,
comenta Serés, busca una recuperación de la imitatio ciceroniana, aunque las
condiciones en que se da son totalmente distintas (1997: 37). Bruni intenta una
aproximación o readquisición de valores retóricos clásicos – los humanistas
renacentistas creían que los mejores autores de la antigüedad clásica poseían un
conjunto común de preceptos artísticos, y que sus obras eran producto de una
visión estética unificada, señalada por la pasión por la claridad, la
verosimilitud, el equilibrio, y el control (Griffiths et al. 1987: 5) – y ello se
revela también al acercar el antiguo término interpretatio al recién formado
traducere.
En cuanto a las bases de la concepción bruniana de traducción, se puede
creer que hubo una influencia directa del pensamiento de Coluccio Salutati –
Eugenio Garin demuestra que “Bruni’s work as a translator followed lines
marked out by Salutati” (Seigel 1981: 119) –, sin embargo, es contestable que
Manuel Crisoloras, junto a quien Bruni aprendió el griego, haya podido influir
de manera fundamental en las ideas o métodos del círculo de Salutati en
Florencia (Seigel 1981: 120).