El empresario

Ayuda mental 8 de marzo del 2008

El empresario
En los años ochenta hemos admirado a los financistas des-prejuiciados, a los magos que escalaban y disolvían empresas ignorando incluso lo que producían. Pero hoy, apretados por la recesión, por la desocupación y por la dura competencia internacional, estamos obligados a recordarnos a nosotros mismos que tenemos que fabricar productos útiles, de calidad superior, a precios más bajos y con un servicio óptimo. Y que estas cosas las hacen bien los empresarios que viven para el producto, que se identifican con la empresa, con el consumidor. Se los reconoce por el modo en que miran lo que fabrican, cómo lo toman en las manos, cómo lo tocan, lo estudian. Uno percibe que conocen toda la historia; que la han seguido, sufrido. Es como si lo hubiesen hecho ellos personalmente. No importa si se trata de una galleta, de un zapato o de una motocicleta, la examinan con amor, con calor, pero al mismo tiempo, con el ojo ansioso, crítico, listos para darse cuenta de la menor imperfección para eliminarla. Y estudian con la misma atención voraz lo que hace la competencia, listos a admirar y a imitar.
Hace un tiempo se creía que esta actitud fuera conveniente sólo a empresas de carácter artesanal. En las muy grandes, se decía, el empresario debe ocuparse sólo de las estrategias globales, de los planes financieros. No puede y no debe perder el tiempo en detalles que corresponden sólo a los técnicos, los product managers. Para reconocer el mercado no son necesarias opiniones sino investigaciones. Esto es muy cierto, terriblemente cierto. Pero también es cierto que el empresario, aunque confíe en los mejores dirigentes y en los mejores investigadores del mundo, debe estar identificado con su empresa y buscar continuamente e incansablemente lo mejor. Porque la empresa queda, misteriosamente, como la
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objetivación de su personalidad. Todas sus cualidades, todas sus virtudes, todas sus atenciones, todo su rigor se transmitirán a la empresa y así también todos sus defectos, sus descuidos, su desinterés. No puede fingir.
Los empresarios que aman su producto, comúnmente, se preocupan mucho por los consumidores. Tratan de entender su mentalidad, sus reacciones. Temen sus críticas, quieren quedar bien, quieren ser apreciados. Y por lo tanto se preocupan de todo lo que contribuye a instaurar una relación sana, de confianza. Desde la distribución a la propaganda.
Y puesto que dan tanta importancia a los seres humanos, a sus reacciones, a sus humores, estos mismos empresarios, frecuentemente, son también aquellos que tienen mejores relaciones con su equipo directivo y luego finalmente con todo el personal, hasta con el obrero. Porque hacen que todos se sientan copartícipes de una empresa común. Porque los motivan con el más grande de los instrumentos, con el ejemplo.
Sobre todo en tiempos difíciles la gente quiere ver caras honestas en todos los campos. Incluso en las empresas. Se siente segura sólo con la eficacia, con el empeño y con la seriedad.