La leva en masa (23 de agosto de 1793)

El peligro exterior y la contrarrevolución interna continuaban, no obstante, impulsando al movimiento popular: tuvo éxito en cuanto a imponer la leva en masa al Comité de Salud Pública y a la Convención.

La leva en masa correspondía a la mentalidad revolucionaria de los desarrapados; era popular en las secciones y en los clubs parisinos. Poniendo la ventaja del número de parte de la Revolución, daba la idea, frente a los ejércitos enemigos y el ejército nacional, tan reducido, de una victoria rápida. Jemappes lo probaba. La idea cuajó durante la crisis de julio de 1793, y cuando la República ya atacada en las fronteras se vio en peligro por la revolución federalista. El 6 de julio, la sección de Luxemburgo propuso hacer marchar en masa a las secciones de París contra los departamentos rebeldes: “Que todos los ciudadanos, sin distinción, desde los dieciséis años hasta los cincuenta, estén permanentemente dispuestos para formar parte de las fuerzas armadas”.

El 28 de julio la proposición fue de nuevo aceptada por un militante de la sección la Unidad, Sebastián Lacroix, en un discurso en donde se encuentra de nuevo el espíritu épico del decreto de 23 de agosto:

“…¡que acaben de inmediato los trabajos particulares de todos los que tienen por costumbre construir carros, carpinteros y trabajadores de la madera, para ocuparles solamente en hacer las culatas de los fusiles, las cureñas, los arcones, los carruajes; que acaben los trabajos de cerrajería los herreros y todos los obreros del hierro para ocuparlos tan sólo en hacer cañones; que los amigos de la patria se armen, que formen numerosos batallones; que quienes no tengan armas lleven las municiones; que las mujeres lleven los víveres o amasen el pan; que la señal de combate se de por el himno de la patria!”.

Los reveses de los finales de julio dieron un impulso irresistible a la idea de la leva en masa, orquestada ahora por la prensa popular: “Al mismo tiempo todos los hombres que pueden andar y llevar armas se movilicen -escribe Hébert en el número 265 de su Père Duchesne – y que se dirijan a todos los lugares que se encuentren en peligro”.

Presentada a los jacobinos el 29 de julio de 1793 la reivindicación popular de la leva en masa, fue adoptada de nuevo, el 4 de agosto, por la Comuna; el 7, por los delegados de las asambleas primarias venidos a París para aceptar la Constitución. Su orador Royer pedía, el 12, a la Convención que el pueblo se levantara en masa. El Comité de Salud Pública se mostró reticente. ¿Qué hacer con la batalla que produciría la leva en masa? ¿Cómo armar y abastecer? El 14 de agosto, en los jacobinos, Robespierre declaró que “esta idea magnánima, aunque entusiasta, de una leva en masa es inútil”. Agregaba: “No son hombres lo que nos falta, sino más bien las virtudes del patriotismo en nuestros generales”. Bajo la presión de los militantes parisienses y de los abogados de las asambleas primarias, la Convención adoptó el 16 de agosto el principio de la leva. El 23, por fin, el Comité de Salud Pública decidióse a proponer, según el informe de Barère, los medios de ejecución.

“Desde ese momento hasta que los enemigos hayan sido expulsados del territorio de la República todos los franceses están en situación de requisa permanente para el servicio de los ejércitos. Los jóvenes irán a combatir, los hombres casados fabricarán armas y transportarán las subsistencias, las mujeres harán tiendas de campaña, trajes y servirán en los hospitales, los niños harán vendas de las ropas viejas y los ancianos irán a las plazas públicas para arengar a los guerreros, predicar el odio a los reyes y la unidad de Francia”.

Se había suprimido el reemplazo. La leva era un principio general, pero los jóvenes de dieciocho a veinticinco años no casados o viudos sin hijos formarían la primera clase de los llamados a filas e irían los primeros. Se formarían en batallones con una pancarta al frente que dijese: “El pueblo francés, en pie contra los tiranos”.

¿El decreto sobre la leva en masa respondía exactamente al deseo de los desarrapados? Tal y como la concebían, una marcha hacia las fronteras, con un impulso de entusiasmo, era irrealizable. Así se explica las reticencias de Robespierre, las dudas del Comité y los límites al decreto. Aunque todos los recursos de la nación fueran movilizados, aunque se organizase la fabricación extraordinaria de armas, sólo se recurriría a los hombres de dieciocho a veinticinco años sin familia a su cargo. En resumen, los problemas de armamento y de aprovisionamiento permanecían sin tocar. El Père Duchesne estableció su plan de campaña a principios de septiembre preguntándose: “¿Cómo hacer que funcionen a la vez millones de hombres? ¿Cómo armarlos, abastecerlos?.. Es preciso ante todo asegurarnos de todas las subsistencias de la República. Es preciso requisar a todos los obreros que trabajan en los metales, desde el herrero hasta el orfebre; establecer herrerías en todas las plazas públicas y fabricar, día y noche, cañones, fusiles, sables y bayonetas”.

Hébert expresaba con toda claridad el problema de la dirección económica de una guerra nacional: para armar y aprovisionar a las masas de hombres que saldrían de la leva de las siete clases, la economía dirigida se imponía. El problema político y el problema económico se vinculaba de una manera indisoluble al de la defensa nacional.