El Comité de Salud Pública y el impuesto (agosto – octubre de 1793)

El nuevo Comité estaba decidido a dar un impulso vigoroso a la defensa nacional sin separarla de la defensa revolucionaria. Pero trataba de no dejarse desbordar por el movimiento popular, y especialmente por la propaganda de los fanáticos. La economía dirigida y la leva en masa constituían para los dirigentes populares los únicos medios adecuados de asegurar la defensa. La leva en masa pareció en cierto momento una quimera al Comité. Continuaba hostil a la tasa y a la intervención en la economía; el terror le repugnaba. La democracia directa, por último, le parecía incomprensible con una dirección gubernamental eficaz, ahora las secciones parisinas la practicaban confusamente. El Comité maniobró durante todo el mes de agosto de concesión en concesión, para finalmente ceder ante las jornadas del 4 y 5 de septiembre de 1793.

Contra los rebeldes, Robespierre empezó la lucha desde principios de agosto para librar al Gobierno y a la Convención de su oposición. El 6 de agosto de 1793 denunciaba a los jacobinos, hombres nuevos, patriotas de un día, porque trataban de perder en el pueblo a sus amigos más antiguos. “Dos hombres pagados por los enemigos del pueblo -declaraba Robespierre no sin mala fe-, dos hombres que Marat denunció han sido los que han sucedido o han creído suceder a este escritor patriótico”. Reprochaba sobre todo a Jacques Roux sus ataques contra los comerciantes. Con el fin de quitar a los fanáticos lo esencial de sus argumentos, el Comité se ocupó activamente de las subsistencias, enviando a los departamentos vecinos de París a los representantes más enérgicos para que requisaran la mano de obra y recogiesen el trigo. El 9 de agosto de 1793 la proposición de Barère hizo que la Convención decretase la institución en cada distrito de un granero de abundancia. Era una concesión sólo simbólica a las reivindicaciones populares. La compra de granos para los distritos no podía remediar la carestía. París, no obstante, quedó abastecido; los fanáticos perdieron por el momento su argumento principal para los desarrapados.

Contra los moderados, quienes reclamaban la aplicación de la Constitución que el pueblo había adoptado y las nuevas elecciones con la esperanza de que cayese la Montaña, Robespierre enfrentóse con toda la fuerza. La reivindicación era tanto más peligrosa, ya que había sido mantenida de una manera inesperada por Hébert en el número 219 de su Père Duchesne poco antes del 10 de agosto. El Comité de Salud Pública quería que el Gobierno continuara siendo revolucionario hasta la paz y no que la Constitución fuese puesta en vigor. El 11 de agosto de 1793 Delacroix, diputado por Eure-et-Loir, uno de los indulgentes futuros, hizo decretar el empadronamiento de la población electoral, en previsión de las elecciones generales, de acuerdo con la Constitución. Robespierre afirmó que esta proposición insidiosa no pretendía más que sustituir a los miembros depurados de la Convención por enviados de Pitt y Cobourg. Aplicar la Constitución antes de haber acabado con las rebeliones internas y la victoria en las fronteras era poner nuevamente a prueba toda la Revolución. Ese mismo día los delegados de las asambleas primarias habían llevado a la Convención el acta sagrada, que fue depositada en un arca de cedro. No hubo necesidad de sacarla, aunque la suspensión de la Constitución hasta la paz no fue explícitamente pronunciada más que el 10 de octubre de 1793.